¡Hola, novi@s! Les había dicho que quería publicar un texto diario y me salté dos días porque andamos vueltos locos con los últimos detalles, pero aquí está el siguiente, sobre cómo nos hemos sentido los últimos días, ya a tan poco de nuestra gran fecha:
Hoy estamos a sólo tres. Y quizá crean que a tan poco tiempo las ansias ya son menos. Pues no. Parece que, en vez de disminuir, de hecho, aumentaron. ¿Les ha pasado alguna vez que tienen muchas, muchas ganas de hacer pipí, y no hay un baño cerca? Entonces corren buscando uno y cuando lo encuentran, esos últimos segundos en lo que llegan son los más lentos, los más desesperantes, aunque saben que el baño ya está ahí. Bueno, pues más o menos así estoy ahora. Ya no parece tan lejano el día, y justamente por eso me parece más absurdo esperar. Ya quisiera que fuera mañana.
En estos ciento noventa y ocho días entre aquel veintitrés de agosto y hoy, Fernando y yo hemos pasado de la preocupación (¡¿cómo que necesitamos tal cosa?!, ¡¿y cuesta cuánto?!) al enojo (¡¿dónde anda este proveedor?!, ¡tenía que llegar hace una hora!, ¡y no, por supuesto que no puede traer a un par de amigos que quieren ver la ceremonia!, ¿cómo se le ocurre siquiera preguntarlo?) a la alegría (¡se va a ver hermosa esa decoración!, ¿aceptan ser nuestros testigos?, ¡aprobados los trajes y peinados… ya quiero vernos ese día!, ¿aceptan hacer las lecturas en la ceremonia?, ¡esto está delicioso!, ¡sí, ya tengo listos mis votos… pero no los puedes ver!).
Todo pronostica que ese día, cuando nos despertemos y falten doce horas para el gran momento, el tiempo irá moviéndose todavía más y más despacio hasta que, por ahí de las ocho cuarenta y cinco de la noche -Fernando y yo frente a frente, tomados de las manos, en medio de promesas y anillos y firmas y flashazos y abrazos y amor-, se sostenga en un instante antes de reanudar su marcha habitual. Claro, eso será para nosotros, porque por lo demás sesenta segundos seguirán siendo un minuto y sesenta de éstos harán una hora. Perdonarán por favor si un poco más después del “sí” parece que en nuestro universo el tiempo se mueve diferente al del mundo y nos cuesta reajustarlos. Perdonarán si parece que ya no volveremos a hacerlo.
Tres, dos, uno…






