Bueno… no hay mucho que decir. Me quedé sin lugar para casarme. Lo primero que aparté, lo que más me tardé en escoger y el proveedor más caro de todos decidió que, como yo no estaba a gusto con sus nuevas políticas, lo mejor era regresarme el dinero.
Resulta que me iba a casar en un venue nuevo. Se llama Antigua y está ubicado en el Centro Histórico de mi ciudad. Es súper bonito, con unas vibras estilo hacienda: un edificio viejo, con arquitectura colonial, que fue restaurado para eventos sociales.
Contraté ese lugar cuando tomamos la decisión de comprometernos. Una semana después, hablamos con la encargada —o dueña, no sé— y estoy segura de que fuimos de sus primeros eventos contratados para boda. Todo iba perfecto… hasta hace una semana.
En medio de mi estrés y ansiedad por la boda, y de sentir que mi Wedding Planner no me estaba poniendo suficiente atención, fui con un amigo de mi novio que también es Wedding Planner. Él me comentó que el lugar que había decidido para casarme tenía negocios de atención al público que compartían el patio donde iba a ser mi boda, tipo plaza comercial. Era un espacio comunitario y no lo cerraban para los eventos privados.
Después de un drama y de una encargada diciéndome “no veo el riesgo”, decidió regresarme todo mi dinero.
PEEEERO me quedé sin lugar para casarme. A DOS MESES. En noviembre, que es el mes ideal para hacer bodas de jardín en mi ciudad y, creo, en varias partes de México.
Aquí es cuando tengo que agradecer tener Wedding Planner, porque honestamente fue de gran ayuda buscándome opciones.
Al final tuve que recorrer la fecha de mi boda y perder a mi maquillista. Afortunadamente, el resto de mis proveedores fueron increíblemente considerados y ninguno me penalizó.
Pero bueno… después de estar estresada por pequeñeces, me tocó vivir una de las crisis más difíciles que pueden suceder durante la organización de una boda.
Lo bueno es que las risas no faltaron. 😂